miércoles, 31 de octubre de 2012

Interesante reflexion

Hugo Chávez resultó reelecto como presidente de Venezuela. Para sus opositores, esto significó una gran desilusión pues muchos estaban convencidos de que Henrique Capriles Radonski resultaría vencedor. En cambio, para mí, no fue más que una “crónica de una victoria anunciada”. Mi seguridad de que Chávez volvería a ser reelecto (a excepción de esos minutos en los que me permití creer en lo que mi corazón anhelaba y no en lo que mi cabeza decía) no tiene que ver con mis ideologías políticas. Tampoco se debía a una desconfianza en el sistema electoral o que creyera que Chávez haría trampa. Para mí siempre estuvo claro que Hugo Chávez sería el presidente reelecto. Al saberse el resultado de las elecciones, unos amigos puertorriqueños me preguntaron “¿si Chávez es tan malo, cómo es que vuelve a ganar?” La respuesta es fácil, mas no simple ni obvia. Chávez sigue siendo presidente porque cada pueblo tiene, el gobernante que merece. No, no digo esta frase a la ligera. Tampoco quiero decir que el 54 por ciento de votantes a favor de Chávez tendrán un castigo merecido por sus convicciones (o inseguridades) políticas. No. Cuando hablo del pueblo, me refiero a toda Venezuela. “Un pueblo ignorante es herramienta ciega de su propia destrucción” decía Simón Bolívar y lamentablemente, todavía hay muchos ignorantes en ambos bandos, Chavistas y opositores. Para saber la razón por la que Hugo Chávez sigue siendo presidente, primero debemos recordar por qué llegó a serlo en primera instancia. Tristemente, los pueblos tienen una memoria demasiado corta para aprender de su pasado. Chávez no se convirtió en presidente por magia o por trampa. Tampoco fue su fallido golpe de Estado lo que lo sentó en la silla presidencial. Chávez fue electo presidente por una mayoría sin precedentes en 1999. ¿Por qué? Simple. Durante los cuarenta años anteriores al Chavismo, Venezuela vivió una época en la que los hegemónicos partidos políticos Acción Democrática y COPEI se dedicaron a gobernar al país como si de una empresa se tratase. Claro está, estos fueron los partidos que habían acabado con la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, por lo que merecían estar en el poder. Pero, sumidos en el capitalismo más salvaje y el populismo más vil, los “ADecos” y los “COPEyanos” se acordaban del pobre solamente cuando de conseguir votos se trataba. En una nación con más de 80 por ciento de pobreza, esta gente gobernaba para el 20 por ciento restante: los ricos y la clase media, que tenía un estilo de vida bastante acomodado. Mientras tanto, el pobre se conformaba con ver de lejos al rico y a la clase media tener la vida con la que ellos solo podían soñar. A cambio, recibían calificativos como “mono”, “malandro”, “Niche”, “marginal”, “tierruo” (equivalentes a “cafre” o “caco” en Puerto Rico). Palabras despectivas que solo tenían un verdadero significado: inferior. Por si fuese poco, al pobre se le acusaba de que “si era pobre, era porque no quería trabajar para salir del hueco en el que estaba”. Esta falacia no sólo implicaba que el pobre era vago y vivía en la calaña, sino que desconocía a aquellos que, aún trabajando y partiéndose el lomo, seguían siendo pobres, o a los millones que simplemente no conseguían un trabajo. A esto se sumo que comenzó a aumentar la criminalidad, lo que empeoró el panorama. Mucha gente culpa a Chávez de la inseguridad que vive Venezuela hoy en día, pero la verdad es que ésta comenzó mucho antes de 1999. A mí, mucho antes de Chávez, me amarraron en mi casa y se llevaron todo. Me apuntaron con rifles semiautomáticos cuando asaltaron la mansión de unos amigos donde me estaba quedando a dormir. A mi mamá le abrían el carro cada dos meses. Yo caminaba con miedo en la calle y sin poder usar un reloj en la muñeca, antes de que Chávez fuese siquiera liberado de prisión. Todo este ambiente de inseguridad venía acompañado de un prejuicio gigantesco. Si uno veía un morenito vestido con ropa barata en la calle, uno sospechaba de él porque “seguramente era un malandro o un choro”. Si, lamentablemente este era un estereotipo basado en una realidad, pero no dejaba de causar un distanciamiento aún mayor entre las clases y, por lo tanto, más resentimiento de los pobres. Cuando tenía 10 años (hace 21 años, 7 antes de Chávez), mientras permanecía amarrado en el piso y se llevaban los aparatos electrónicos de mi casa, un ladrón dijo en voz alta “me voy a llevar el Nintendo, porque mi hermanito no tiene con que jugar”. En mi mente de niño solo pude percatarme de una cosa: “este hombre no nos hace esto porque sea malo, sino porque nos tiene rabia”. Claro, yo era demasiado pequeño para entender qué le había hecho yo para que me castigara llevándose mi Nintendo, pero el sentir el resentimiento en su tono de voz, marcó mi vida para siempre. Ahora bien, como si se tratara de una olla de presión, el resentimiento y el abandono por parte del gobierno, se fue mezclando y convirtiendo en una bomba de tiempo. Disturbios, saqueos, la criminalidad, dos intentonas de golpe de Estado, estos no son eventos aislados que salieron de la nada. Eran demostraciones de un pueblo descontento y desesperado. Este panorama fue un caldo de cultivo para que apareciera un hombre, que sería visto como un héroe, un símbolo e incluso un mesías. Hugo Chávez era un hombre que no venía de la clase alta. Un soldado de un pueblo pobre llamado Sabaneta, en el estado Barinas. Se presentó ante ese 80 por ciento de la población y les habló a ellos. Hizo lo que nunca antes nadie había hecho: hablar sobre ellos y para ellos. Era un premio para los que habían sufrido por tanto tiempo, así como un castigo para los que se habían hecho la vista larga. Era el gobernante que merecía Venezuela. Durante 14 años, Chávez ha mantenido un discurso de odio de clases, acusando a todo quien se le opone de ser “oligarca” e “imperialista”, recordándole a aquellos que lo siguen, que “él vino a hacer lo que nadie había hecho antes”. Votar por sus opositores era volver a votar por el “no pueblo”. Definitivamente, la campaña le ha salido muy bien. Ese 80 por ciento de la población, que por más de cuarenta años había estado en la boca del gobierno, solo cuando necesitaban votos, ahora está en cada cadena de más de cuatro horas que hace su líder, en todos los canales de televisión. Si el 99 por ciento de todo lo que Chávez dice es mentira, aún así, es un uno por ciento más de lo que por cuarenta años le habían dado a esta gente. Pero esto no es enteramente culpa de Chávez. Además del discurso chavista, las acciones de la oposición no han sido, por así decirlo, las más brillantes para tratar de neutralizar el efecto del discurso del actual presidente. En primer lugar, los líderes de la oposición siempre han sido personas de la clase media o alta, en segundo lugar, durante los dos días de golpe de Estado en 2002, cometieron el error de disolver la Asamblea Nacional y quedar como unos dictadores; durante los primeros años de contienda política, subestimaron a Chávez llamándolo loco o bruto, pero aún peor, ninguno se ocupó de intentar ganarse al pueblo. El discurso opositor estaba dirigido al que ya estaba en contra de Chávez, no al que estaba a favor. Una vez más, dejaban al pobre (y por lo tanto a la mayoría) de por fuera. Sí, por supuesto que Capriles hizo lo contrario. Por fin alguien se había dado cuenta de que esto era un error y por lo tanto, se lanzó a la tarea de abrirle los ojos a los chavistas, pero, después de 40 años de oligarquía y 14 años de chavismo, no es tarea fácil convencer a los olvidados que “este blanquito, hijo de ricos y clase media” no los va a abandonar una vez que llegue al poder, como hicieron los anteriores a él. Esto no es una tarea de 3 meses de campaña. Pero no solo los líderes de esta primera etapa de oposición son culpables de mantener a Chávez en el poder. Los verdaderos culpables siguen siendo el pueblo venezolano. Si ya por un lado tenemos que la clase pobre cree ciegamente en Chávez porque representa al marginado, la clase media y alta no ha ayudado en nada a sembrar dudas sobre esto. Los opositores no dejan de llamar “mono”, “malandro”, “ignorante”, “bestia”, “bruto”, “animal” y cualquier otra cantidad de adjetivos calificativos denigrantes a Hugo Chávez y a sus seguidores. Ayer, cuando se supo el resultado, rápidamente se llenaron las redes sociales de opositores insultando a los oficialistas. ¿Es esa la manera de demostrar que los que iban por Capriles querían un país en paz y sin divisiones? Por si fuese poco, no solo siguen alimentando el resentimiento, sino que, están tan convencidos de que son la mayoría, que no aceptan que la mayoría del pueblo quiere a Chávez y que las razones, no sólo son históricas, sino que son culpa de nosotros mismos. A la par de los insultos, salieron miles de tweets, blogs y demás manifestaciones online de las “pruebas de la trampa electoral” que llevó a Chávez a la reelección. “Esto no puede ser, nosotros éramos más, se vio en las marchas”. En las marchas no había más de 6 millones. Por supuesto que el triunfo de Chávez no es enteramente limpio. Sí, es cierto que hubo una gran porción de votantes chinos, cubanos, bolivianos, etcétera, traídos a Venezuela solo para que votaran por él. También es cierto que muchos electores fueron “obligados” o “convencidos” a votar por el candidato presidente, ya sea por miedo o porque les ofrecieron dinero. Pero esto no suma siete millones de habitantes. No nos ceguemos debido a nuestras pasiones. Sí, afortunadamente se alcanzó un 46 por ciento de votantes que no quieren a Chávez. Durante 14 años ha ido sumándose gente a la oposición, gente que se ha dado cuenta de que Chávez es un fraude y que, ese uno por ciento verdadero de lo que dice, no justifica los atropellos a la libertad, el discurso de odio y violencia, la corrupción sin precedentes y todos los males del Chavismo. Pero todavía no es suficiente y es nuestra propia conducta hacia el oficialista, lo que no lo hace más fácil. Para ganarle a Hugo Chávez, tiene que haber una verdadera revolución. Un verdadero cambio. Tiene que existir un candidato del pueblo. Uno con el que los marginados se puedan identificar. Uno que no represente a la clase media y alta, sino a la baja. Que no hable bonito ni que nombre a la virgencita y a la paz, mientras el contrincante habla de batallas con la espada de Bolívar en mano. Los opositores tienen que dejar de ver por encima del hombro al chavista. Dejar de sentirse superiores, más inteligentes, más dignos, con más clase y más patriotas. Sí, los chavistas dicen que los opositores son apátridas y traidores, pero los opositores dicen lo mismo y más de los oficialistas. Tienen que dejar de culpar a Chávez de todos los males del país, así como tienen que reconocer que sí ha hecho cosas positivas. Ningún chavista le creerá el cuento a ningún opositor que venga a decirle que la revolución no ha mejorado en algo su vida. Deben aceptar y admitir que existen pobres, que su realidad no es la misma que la de nosotros y por lo tanto, sus necesidades tampoco son las mismas. Todavía, hoy en día, a pesar de la inseguridad que sigue existiendo y empeorando en Venezuela, a pesar de la inflación y el control de cambio, todavía existen venezolanos que viven su vida totalmente ajenos a la realidad que les rodea, preguntándose cómo es posible que los chavistas sigan votando por quien quiere hacerlos más pobres, sin darse cuenta de que muchos de ellos ya son pobres. Hace falta que entiendan que hay mucha gente con dinero que se está haciendo realmente millonaria con este régimen, y que se las van a arreglar para que esto no se termine. Para ganarle a Hugo Chávez, los opositores tienen que comprender que el socialismo no es una obra demoníaca; que no es ni bueno ni malo, sino otra ideología política, que tiene muchísimas cosas que se pueden implementar. Tienen que entender que el Capitalismo tampoco es bueno ni malo, pero que ciertamente ha sido el causante de mucha pobreza e injusticia. Tienen que comprender que la revolución bolivariana no es un socialismo. Si eso fuese cierto, los altos líderes chavistas no serían dueños de algunos de los centros comerciales más grandes de Venezuela, ni tendrían yates y autos último modelo ni habría la corrupción que existe en mi patria. Esto también lo tienen que aprender muchos oficialistas, pero es menester de los opositores hacérselo entender y para esto, primero lo deben entender ellos. Los opositores tienen que entender que el imperialismo del que habla Chávez no es un invento. Está basado en cosas muy reales y por eso, la fobia que le ha sembrado en la cabeza a sus seguidores es muy tangible. La oposición tiene que venir con humildad, sin creer que tiene la verdad de todo y que son mayoría porque sí. Dejar de creer que son los que están en lo cierto y entender que toda historia tiene dos caras. Dejar de creer que ellos son las víctimas de esta historia. Entender que el que ha estado herido por mucho tiempo es el chavista y que es este quien necesita que le pidan disculpas. Ni con arrogancia ni con superioridad van a lograr convencerlo de que no volverán a marginarlo. En pocas palabras, para vencer a Chávez, hay que superarnos a nosotros mismos y cambiar todos. Nos quejamos del discurso de odio de Chávez pero somos nosotros quienes lo alimentamos y le damos fuerza. El cambio tiene que venir de todos. Es necesario comenzar a aceptar que si Chávez está en el poder, es porque los venezolanos hemos contribuido a esto. Cada Pueblo tiene el gobernante que merece.

sábado, 28 de enero de 2012

Relato de un Venezolano

Este relato es tan bueno, que Rafael Baretta -su escritor- debería cobrar derechos de autor. Es largo, pero vale la pena leerlo sin prisa. Creo que los pesimistas aprenderán mucho de esta crónica. LI

Asunto: Relato de un Venezolano, ¡muy bueno!

Nací en la clínica Leopoldo Aguerrevere, municipio Baruta, de una familia clase media alta, mi papá era ingeniero civil de la central (se graduó tarde porque Caldera cerró la universidad) , mi mamá siempre fue ama de casa, en esa época casi todas las mujeres hacían un curso secretarial con mención en taquigrafía. Tengo 2 hermanos, la mayor pasó su adolescencia en los años 80, es decir con las fotos con copete, y la ropa de colores fosforescentes; son las fotos que nadie quiere ver ni recordar, a menos que quisiéramos burlarnos. Mi hermano menor es el típico que llegó con la pierna raspada a la casa por que se tiró por una bajada que queda cerca, con una carrucha y no supo agarrar bien la curva. Tengo familia en toda Venezuela, desde Maracay, hasta San Cristóbal, y por supuesto los primos maracuchos.

Mi familia es tan grande que es casi obra de Dios que no me haya casado con una prima lejana.. Estudié en un colegio del este de Caracas, nuestro equipo de fútbol era el mejor, o por lo menos eso le decíamos a todo el mundo. Llevé lonchera hasta 6to. grado. Tuve buenos y malos profesores, en mi salón éramos como 30 y todos teníamos sobrenombre, conmigo estudió: El Portu, Mono y Pata e palo. En 5to. año hice todo lo imposible por ir a todos los festivales de gaitas (a mi mamá no le gustaban y me costaba un mundo conseguir el permiso); saliendo de uno de ellos me robaron el reloj.

De viaje de graduación del colegio me fui a Margarita con mis panas, en busca de novias, y nos devolvimos sin nada. (Fuimos en la época equivocada, creo que ellas llegaban después). Me saqué la licencia legal; todos los demás pagaron, yo me estudié el librito.

El examen del CNU me lo dictaron, una cosa que me pareció horrible, pero gafo no fui y copié cada una de las respuesta que me iban diciendo.

Entré por prueba interna a la Universidad Simón Bolívar, una universidad con un impresionante contraste de clases sociales.

Mi familia tenía un apartamento en La Guaira. Los fines de semana, antes de salir para la playa, siempre desayunábamos en la panadería que queda cerca de la casa, un cachito de jamón y jugo de naranja, para mí desde la panadería empezaba la diversión.

En vacaciones de Semana Santa iba a Margarita (un verdadero desastre), no faltó nunca el que decía: ¡Esta isla se va a hundir! Por supuesto en playa El Agua conocía a una empanadera que me preparaba una empanada de pabellón especial (doble carne) y me tomaba de salida una buena cocada en Cimarrón.

En una cola, saliendo de Pampatar, prometí no volver a la isla en esa fecha. Eso lo hice quizás porque ya estaba enamorado de mi novia. Si no, creo que hubiese vuelto dos veces más por lo menos.

En las vacaciones de trimestre nunca me faltó un viajecito a Choroní, o a Cuyagua en carpa. Los drogadictos siempre se ponían al final de la playa. Creo que ahora este destino es más comercial, pero la primera vez que fui casi teníamos que pescar nuestro almuerzo.
Los primeros carros de mis amigos fueron Fiat 1 o Corollas; al pana rico le dieron un machito, cosa que creaba envidia entre los que no lo teníamos: 'cuando trabaje me lo compro', Eso dijimos casi todos. ¡Nos encantaba el machito!

A mis cumpleaños iban como 100 personas, 75 que no conocía, pero si llevaban mujeres no me importaba.

Hice mi pasantía en PDVSA, por supuesto que entré con palanca, el papá de un amigo me ayudó. Durante esta época aprendí a hacerme el nudo de la corbata, y también que en PDVSA trabajaba el doble de gente de lo que se necesitaba.

Mi arepa preferida es la pelúa. Antes me comía la de queso guayanés hasta que un día, a las 5:00 a.m. después de una buena fiesta, me salió una mosca en el queso, y más nunca me atreví a pedirla. Me encanta el llano de Barinas, montar caballo, ir en camioneta a Aguaro Guariquito, soy bueno jugando dominó, conozco toda Venezuela menos el Delta, porque es muy difícil llegar allá.

Me encanta mi país, mi gente, hablar español, mi acento, el cachito de jamón, el cocosette, la empanada de pabellón, los perros de calle El Hambre (de cualquier ciudad), las cocadas de Cimarrón, y un buen guinde en una hamaca. Ahora, también detesto las colas de Caracas y odio a los motorizados que hacen caballito cuando la luz se pone en verde en el semáforo.

Mi familia paterna era italiana, todo comenzó con un abuelo que se vino a principios del siglo pasado en busca de fortuna. Y claro está, fuimos en el 2000 al consulado a reclamar nuestro pasaporte, pero lo hicimos tarde: nos dieron la cita para después de 5 años. Nadie imaginó en esa época que en un futuro toda Venezuela quisiera buscar sus raíces europeas, y mucho menos que todos fueran a la vez. Ahora en este momento, no sólo las raíces europeas son atractivas, sirven las colombianas, rusas, chilenas, argentinas, etc.

Tener el pasaporte europeo no solo me trajo tranquilidad, también varias proposiciones de matrimonio (en tono de broma) de aquellas amigas que eran venezolanas de pura cepa.

Por supuesto que me casé con una venezolana, igual a mí, (pero con pasaporte alemán) que tiene una familia igual a la mía. Que le encantan los perros que venden en la Trinidad en frente del bingo, que es caraquista igual que yo (no sé si hubiese aguantado que fuese del Magallanes, es full fanática).

Ella tuvo casi las mismas vivencias que yo, pero claro con los planes típicos de mujeres. Es una mujer única y maravillosa. En ningún otro lado del mundo hubiese encontrado a alguien parecido.

Firmé contra el presidente Chávez desde el muro de Santa Rosa, para atrás.

El 11 de abril estuve en las escaleras del Calvario, marché en cuanta marcha pude, hasta que me cansé. Y desde las elecciones del referéndum revocatorio contra él, no he votado más, porque creo que si nadie sale a la calle el día de la elección es la mejor forma de demostrar que nadie esta con él. Y estoy seguro que somos más y el CNE tiene la balanza inclinada para el lado que no es.

Hace como tres o cuatro años empezó todo, o por lo menos así lo empecé a sentir. Dejé de ver a mis 'amigos' (amigo: todo aquel que alguna vez conocí). No faltaron encuentros con gente de la universidad o del colegio, donde se hiciera la siguiente pregunta:
-¿Qué es de la vida de Juancho?
-Chamo se fue para Canadá-
-¿Y de este que vio matemáticas con nosotros, como es que se llama? El que se copió el problema que no era, ¿te acuerdas?-
-Claro, Rodrigo, se casó y está en Australia.
-¡Coño, tan lejos!

Van pasando los años viendo como las celebraciones de mi cumpleaños se hacen cada vez más pequeñas. Últimamente ya amigos no tan alejados, (los verdaderos, los que me sé sus nombres, sé quiénes fueron sus novias, sus cosas, etc.) están en Canadá, Australia, Costa Rica, España, Estados Unidos. Creo que estos son los destinos mas cotizados, aunque hay uno que se fue a Brasil. He depurado varias veces la agenda telefónica del celular. Al principio sonaba chévere:
-Oye tienes casa en Toronto, te puedes quedar cuanto quieras.
-Ya sabes, si vas a Miami a comprar cosas, puedes quedarte en mi casa.
Y uno sonreía: Oye, verdad que sí, gracias.

Creo que el porcentaje que se ha ido, de mis conocidos, es del 70%.

Inicialmente pensé que iba a ser temporal, los postgrados duran dos años máximo, luego se regresarían. Pero nada, ninguno regresa. Creo que pasa lo mismo con la gente mayor, para ellos puede ser más difícil. Uno oye que algunos regresan, pero creo que son más los que no lo hacen. Los jóvenes tenemos más aptitud para adaptarnos. No es extraño ver familias dividas por la distancia, esposas e hijos fuera, mientras el padre trabaja acá.

No era difícil prever esto ya que, poco a poco, los venezolanos nos fuimos acostumbrando a vivir mal, a sentirnos en un país extraño, un país que no es de nosotros, a sentirnos extranjeros en nuestro país. Sitios que antes visitábamos, ya no vamos, paseos que hacíamos ya no los hacemos, cada vez compartimos menos, y nos sentimos presos entre dos municipios y el aeropuerto (por ahora). No sé si nosotros nos merecemos este país, o lo merecen las personas que lo tuvieron en sus manos y no hicieron nada para arreglarlo.

Lentamente dejamos que nuestras urbanizaciones se cerraran con unas casetas de vigilancia inútiles, en vez de haber reclamado desde un principio seguridad a las alcaldías. Nos acostumbramos a seguir derecho cuando pasábamos en frente de nuestra casa porque el carro que teníamos atrás llevaba dos minutos en nuestro retrovisor. Nos volvimos paranoicos y a veces con razón.. Lentamente nos hemos acostumbrado a vivir en un país donde en el supermercado no hay carne, pollo, leche, huevos, margarina, aceite, o pañales. Y ¿qué hemos hecho? ¿Reclamamos? ¿Quemamos carros (como en Paris)?

¡No!, salimos a sortear otro automercado donde haya lo que no había en éste, o simplemente resolvemos como sea. Sólo un: ¡Qué bolas, esta vaina! (no dicho muy duro, mucho menos gritado, porque si la Sra. que tenemos al lado está con el proceso, tenemos que respetar su manera de pensar). Aún nos queda educación. O por el contrario, y peor, nos da pena hablar.

Entre nosotros no es raro oír a alguno que está buscando un crédito del gobierno, de esos que le van a dar 4.000 millones. Y nadie conoce al primero que se lo hayan dado. Entre los empresarios uno oye que tienen la misma preocupación: ¿Qué va a pasar? ¿Qué vamos a hacer? casi ninguno quiere invertir en una nueva planta, o una máquina más grande, 'Sí, estamos vendiendo mucho (o todo), pero ni de broma compro el galpón de al lado para ampliar el negocio, a ver si me lo quitan'. No es extraño oír: 'Este país es para sacar plata.', 'Aquí es donde está el dinero.' La filosofía que los rige dice: Mientras haya dinero estarán acá, pero no por el país, sino por la plata. Y el consejo general de todos es: 'haz plata y sácala en dólares'.

Me pregunto ¿en manos de quién está nuestro país? y ¿en manos de quién estará en diez años? si todos los buenos se fueron. No es que no se quede nadie valioso, sino que la gente valiosa que se quede, dentro de poco hará equipo de trabajo con los mediocres. Lo mismo que sucede en las empresas pasa en nuestra vida, 'para qué vamos a comprar eso. Y si nos tenemos que ir corriendo, esa cosa no nos la compra nadie'. En Diciembre pasado no faltó el que dijo: 'Por favor que mi regalo sea una maleta. Que tenga 30 cm. Y no pese mucho'. Además hemos llegado a pensar que cualquier persona que hace lo contrario es chavista. 'Viste al de la esquina, se metió a chavista, está haciendo un piso más a su casa'.

¿Cómo se saca a un país así adelante? Sin gente de la buena, sin familias, sin esperanzas, sin planes.

No culpo a los que se fueron, culpo a los que hicieron que se fueran, a los que destruyeron nuestras familias, y lo peor: nuestras esperanzas. A los que hicieron que los abuelos conocieran a sus nietos por camarita web. A los que destruyeron nuestras parrillas de los domingos, a los que hicieron que la celebración de mi cumpleaños sea cada vez más pequeña. A los que hicieron que nuestro messenger esté lleno de gente que nunca vemos. A los que lograron que nuestro arbolito de navidad guarde regalos hasta julio, fecha en la vienen a visitarnos. A los que hicieron que globovisión.com o noticiero digital sean nuestras páginas de inicio. Culpo a los que lograron que algunos venezolanos llevaran a cabo su plan 'B'. Creo que debemos cambiar el plan B por el plan A. ¿Cuál es mi plan B?

Echarle bolas al plan A. El país y nuestras familias están mal y estarán peor, si no cambiamos la apatía que sentimos ante lo que sucede a nuestro alrededor, el sentirnos derrotados, el haber perdido el ánimo de gozar la vida. El tener planes difusos no nos ayuda, no se puede vivir sin esperanza; y aún más grave, el sentirnos como si nos quedáramos sin armas: sin marchas, sin paros, sin elecciones, sin poder hacer nada. Claro que existe una manera, es verdad, no la hemos encontrado pero no hay duda de que existe. Ya sabemos como está el país, vivamos o no en él, no podemos ser quienes lo hundan más con nuestro pesimismo y nuestra apatía.

Es verdad, en nuestro alrededor se respira un aire que nos dice a cada minuto que somos la generación más afectada, los que no podrán disfrutar de montar un negocio con sus amigos, o que ninguno de nosotros será concejal, alcalde o ministro. Que los negocios que montemos estarán siempre en nuestras mentes porque nos da miedo llevarlo a cabo. Y que las compañías en las que trabajamos, y queremos hacer carrera, están amenazadas.

Nuestros papás tuvieron todo lo contrario: un país de oportunidades y de crecimiento, tuvieron algún amigo alcalde o montaron negocios con sus panas, creo que por eso algunos no entienden muy bien a los hijos que se van, definitivamente deben entender que ésta no es la Venezuela que ellos vivieron, por eso creo que para que nuestra generación no sea la que más perdió, debemos definirnos, y si nuestro plan A es estar fuera, entonces que vivamos con intensidad y que seamos los mejores en lo que hagamos, para que dejemos el nombre de los venezolanos muy en alto; que no seamos quienes más porquería hablan del país. Si en cambio nuestro plan es quedarnos, que así sea y no vivir con la mente afuera y nuestro cuerpo acá, quejándonos silenciosamente cada veinte minutos. Y que cada vez que oigamos una cadena de esas en la que él habla de más, no meditemos ante el televisor: '¿Será que empiezo a vender todo?. .. y nos vamos a Miami, pero ¿qué carajo voy a hacer en Miami?... porque para Europa ni de vaina; es carísimo gastar en euros.' Tenemos que saber que decidimos quedarnos y ya.

Yo particularmente no quiero ser parte de la generación que no hizo nada con su vida, porque en mi plena edad productiva estaba el presidente que tenemos. Sí tengo planes con mi vida y con mi familia, sí sé lo que quiero en la vida. No les niego que algunas veces he apostado a mis planes y he perdido, pero así es la vida: en unas se gana, en otras se pierde, y como dice mi esposa 'esta es la vida que nos tocó vivir'.

Yo sólo espero no ser el que apague la luz.

Rafael Baretta
Un venezolano al que le encanta desayunar cachitos de jamón en la panadería del Portu.

viernes, 13 de enero de 2012

Realidades de Mi Pais (copiado de otro blog)

CÉDULA, LICENCIA Y CERTIFICADO

Un amigo recibió hace poco la visita de un colega chileno, a quien después de varios días de trabajo, ofreció llevar a Choroní, como para que no se fuera sin conocer por lo menos una de nuestras playas mas emblemáticas.

Salieron un viernes por la tarde, después de almuerzo, pensando en llegar de noche, cenar y luego poder aprovechar todo el sábado en la playa. En el camino y para darle un simpático toque folklórico al paseo, los paró la policía.

- Buenas ciudadano, por favor, permítame sus papeles, cédula, licencia y certificado médico.

El chileno un poco asustado preguntó:

- ¿Qué pasó? ¿qué hicimos?

- Nada, tranquilo. Le respondió mi amigo, a quien por supuesto todo le parece tan normal como manejar por el hombrillo.

El le entrega los papeles al policía y después de revisarlos, les dice:

- Miren, necesito que se bajen del vehículo y que me acompañen un momento al módulo para verificar una cosa.

El chileno comienza a inquietarse y vuelve a preguntar.

- ¿Pero qué está pasando?

- Tranquilo, no está pasando nada, lo que está haciendo lo está haciendo por joder.

Caminaron hasta el módulo y al chileno no le dió tiempo de preguntar qué quiere decir “hacer algo por joder” cuando el policía se les acercó y en un forzado tono paternal dijo:

- Ciudadano, ¿sabe que este certificado está vencido?

- ¡Cómo! ¿vencido?

- Se venció el día de ayer y usted sabe que sin certificado vigente yo no puedo dejarlo circular.

- Oficial, de verdad no tenía la menor idea. Mire, yo estoy aquí con este amigo de Chile que vino a conocer nuestro país y con el trajín de atenderlo, llevarlo y traerlo, se me pasó revisar los papeles.

- Bueno, no sé, ahora tiene que llamar a algún familiar o amigo para que venga a buscar el carro o si no habrá que llevarse detenido al vehículo.

- Pero imagínese, estamos a mas de 2 horas de Caracas y son casi las 7 de la noche ¿cómo le voy a pedir a alguien que se llegue hasta acá?

- ¿Qué le puedo decir? Usted tiene que entender que yo no lo puedo dejar manejar con el certificado médico vencido, sería una irresponsabilidad de mi parte, porque ¿qué se yo si usted está mal de la salud y mas adelante viene y le da un patatús?

Antes de que el chileno pudiera preguntar qué es un patatús, mi amigo con cara de bueno-esta-bien bajó el tono y preguntó:

- ¿Y no hay nada que podamos hacer?

- Bueno, usted sabe, la verdad es que de poder se puede, yo entiendo su situación, pero necesito que usted también entienda la mía.

Y sin mucho mas preámbulo el oficial explicó que la situación a la que se refería era a su situación económica y que el problema básicamente era que estaba 200 bolívares por debajo de lo que le gustaría estar.

- Usted me entiende ¿verdad? yo le ayudo, usted me ayuda y todos salimos ganando.

Mientras el chileno procesaba el tan tropical sistema de lógica y protocolo urbano, mi amigo aliviado y resignado dijo:

- Está bien, tengo el dinero en el carro, voy y lo busco.

El chileno y el oficial siguieron con la vista a mi amigo y antes de que el silencio fuera incómodo el oficial dijo:

- ¿De Chile?

- Si.

- ¿Y? ¿qué te ha parecido el país? ¿verdad que esto por aca es bien de pinga?

- Si, me ha gustado mucho, es impresionante.

- ¿Y qué es lo que mas te ha impresionado?

- La corrupción.

El oficial se lo quedó mirando, frunció el seño y sin titubear le dijo:

- Coño sí, eso si que es un problema, acá la gente roba, hace lo que le da la gana y el gobierno no hace nada, por eso es que estamos como estamos…